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ORTEGA DEL ÁLAMO Y LA VENTA DEL CANCIONERO MUSICAL DE ONTENIENTE A LA BNM

 Miguel Ángel Picó Pascual 

     Durante las décadas gloriosas de los años cincuenta y sesenta de la pasada centuria nuestro país, que empezaba a asomar cierto resurgir tras el trágico suceso que enfrentó a las dos Españas, sufrió el expolio más rastrero que se haya podido llevar a cabo por parte de codiciosos anticuarios y libreros de viejo, que se enriquecieron deshonestamente. Y hay que decir que en algunos casos, la iglesia prestó más que su consentimiento, como es el caso que voy a relatar a continuación. Gran parte de nuestro mermado patrimonio cultural fue desapareciendo silenciosamente poco a poco sin que nadie hiciera absolutamente nada para remediarlo. Habían incluso organizadas toda una serie de redes que estaban preparadas para hacer desaparecer de inmediado en el extranjero las piezas obtenidas fraudulentamente en los saqueos sin escrúpulos que se llevaban a cabo de manera cotidiana. No había todavía la pertinente y debida protección legal y multitud de coleccionistas adinerados, especialmente extranjeros, estaban esperando con ansia, allende la frontera, a pagar sumas considerables por artículos sumamente atractivos y que les resultaban muy ventajosos desde el punto de vista ya no solo artístico sino económico. Y no importaba siquiera el tamaño de los mismos, techumbres, edificios, e incluso órganos enteros fueron desmantelados sin piedad alguna.

     La iglesia católica, por su parte, también tuvo su parte de culpa y no se le puede eximir de su responsabilidad, ya que si bien hubo ciertos obispos que tuvieron especial sensibilidad por el tema artístico, en unas ocasiones recopilando piezas que peligraban su desaparición por robos y en otras, auspiciando la creación de museos centralizados, con el pertinente traslado de las mismas a otros sitios más seguros, otros, por el contrario, se despreocuparon totalmente de estos asuntos y dejaron vía libre a muchos desaprensivos que actuaron completamente a sus anchas. La verdad es que era y es todavía al día de hoy muy difícil controlar todo un patrimonio artístico tan amplio y disperso como el nuestro, particularmente el que posee la iglesia católica, en algunos casos totalmente desprotegido. Los curas y las abadesas del momento eran tentados constantemente por asiduos visitantes que desplegaban su rapiña sin vergüenza alguna, en busca de algo interesante que estuviera olvidado en algún rincón o fuera inservible, todo servía, por modesto que fuera. La ignorancia y el dinero contante y sonante fueron tentaciones a las que no pudieron escapar muchos, y así fue como desafortunadamente se vendieron algunas piezas que hoy en día son totalmente irrecuperables. En otros casos, fueron los propios miembros de la sagrada institución quienes las pusieron a la venta sin permiso de sus superiores.

     Los libreros anticuarios son otros de los responsables de esta grave pérdida. Muchos de ellos han hecho auténticas fortunas como consecuencia de este tipo de delitos que en aquella época no eran perseguidos por la ley. Cuando los comentamos en la actualidad, más bien parecen historias sacadas de una película de Berlanga, pero fueron la realidad del momento, cruda y dura. Historias como esta que estoy a punto de contar, solo pueden ocurrir en un país tan peculiar como este. 

     La historia de la venta del cancionero musical de Onteniente me fue relatada hace ya unos cuantos años por uno de los propios protagonistas, el vendedor del mismo, el  librero burgalés Andrés Ortega del Álamo, afincado en Valencia practicamente desde su juventud. Le conocí apenas llegué a Valencia, en la década de los ochenta. Mi amor por los libros antiguos, curiosos y de segunda mano se remonta a mi época de estudiante. Mis primeros recuerdos de él no son nada buenos. Como todo el mundo sabe, Ortega era un señor muy raro y de muy mal carácter que regentaba una tienda todavía más rara si cabe, como sacada de un cuento de Andersen, triste, mísera, abarrotada de un desorden tremendo y con un ayudante totalmente esclavizado, que además era tartamudo, algo tímido y un tanto misterioso, y que no era otro que su sobrino. Desde una legua se notaba que la relación profesional entre ambos personajes no era del todo buena a la hora de afrontar el negocio; se percibía claramente quién mandaba allí, y cómo el tío, engreído y altanero, con un carácter de armas tomar, tenía sometido y tiranizado a un sobrino al que no dejaba desarrollarse siquiera personalmente, y eso que tenía ya su edad entrada en años. No le importaba lo más mínimo quién estuviera allí, por meras nimiedades el tirano dueño lanzaba gritos e insultos de toda clase a su pobre sobrino, que se mostraba en todo momento callado, humillado e impertérrito. Éste, con la cabeza agachada, no osaba replicarle en nada, y eso que tenía tambien su carácter, como pude comprobar en una ocasión. Vaya, un caso digno de psicoanálisis.

     Si eras joven y no tenías dinero, como era mi caso y el de tantos otros estudiantes, allí no eras bien recibido a no ser que fueras a venderle una pieza extraordinaria por la que te pagaría de antemano poco dinero. Pero, ¿cómo el Sr. Ortega sabía el dinero que podías disponer? Según su opinión, como me confesaría más adelante, todos los jóvenes carecían de él. Tras preguntarte con arrogancia por lo que andabas buscando por allí mientras intentabas detener tu interés en algún libro interesante, una mirada penetrante te decía, váyase de aquí, no nos interesa su presencia, no tenemos nada de lo que busca y, por supuesto, no es bien recibido. Después, con el tiempo, el propio Ortega me comentó este odio a los jóvenes, pues según él no eran buenos clientes y no aportaban absolutamente nada a la tienda. No comprendo la actitud de este librero burgalés, pero era la política que él mantenía en su tienda. Sentado en el cuartito de dentro, que parecía desmoronarse de un momento a otro, y que se perfilaba por medio de una triste ventana, controlaba toda la mísera tienda, rica en algunos libros preciosos pero ubicados estratégicamente en sitios inaccesibles al cliente medio y algunos, los más importantes, debidamente almacenados en otro almacén próximo, situado concretamente en la calle contigua, la que justo daba nombre a la tienda. Contemplado el panorama desde el interior del local, daba la sensación una y otra vez  que aquel edificio podía venirse abajo de un momento a otro. Sus catálogos, todos ellos repletos de buenos libros, de primerísima calidad, solo eran enviados a sus clientes más exclusivos, los precios inflados e inalcanzables no eran accesibles para un bolsillo medio. Nunca pude comprarle nada en aquella época, siquiera en la tienda. Por catálogo menos, siquiera me los enviaba. 

     Con el tiempo, su actitud con respecto a mí cambió. Fue en su útima época, a partir de los años noventa, cuando empecé a realizarle algunas compras. Siempre le recordaré cuando veía y contaba el dinero, por unos instantes, su rostro y su mirada cambiaba por completo, era incluso capaz de sonreir un poquito, y su comportamiento era como el de un ávaro codicioso. Contaba el dinero al menos dos veces y se sentía orgulloso de haber realizado una buena operación, algo asqueroso desde mi punto de vista, que no le doy importancia alguna al dinero, así me va. Al final me convertí en cliente habitual, aunque no me puedo comparar en modo alguno con los ricachones que tenía pululando a su alrededor, y como tal, tenía reservado un pequeño espacio en el cuartito final del almacén que tenía en una callecita contigua que no hacía honor a su nombre, Bonaire, aunque en mi caso dicho espacio era pequeño, dadas mis extrañas y raras preferencias. Si salía algo de mi interés, que no era mucho, me lo apartaba, pero muchas veces es mejor que el librero no conozca tu interés, cosa que es completamente imposible, porque de inmediato los precios se disparan mucho más de la cuenta. 

   

La época en la que hizo la fortuna Ortega fue en los años sesenta y setenta, aunque siempre tuvo la suerte de comprar buenas bibliotecas, como la de Martínez Aloy que vendió mayoritariamente en Madrid en un abrir y cerrar de ojos en una feria exclusiva celebrada en un hotel de lujo. Hizo un excelente negocio que otros ridículos libreros que la visitaron con anterioridad no supieron aprovechar por ofrecer una cantidad extremadamente insuficiente por la misma. En aquella época salían excelentes oportunidades, las familias se deshacían por poco dinero de bibliotecas importantes y no le daban la importancia al libro que se le da hoy en día a la hora de una partición de herencia, por ejemplo. Por su parte, en el rastro salían igualmente buenas piezas y a muy buenos precios. Los propios vendedores siempre le reservaban la mercancia exclusiva al Sr. Andrés. Una vez me contó que en los puestos cuando él se paraba y cogía algo, enseguida todos los de alrededor se quedaban a la expectativa, pensaban que si lo había cogido Ortega en su mano era porque en realidad la pieza era buena. Un día quiso gastar una broma pesada simplemente para ver lo que sucedería, pues Ortega era de armas tomar.Tras analizar detenidamente un libro antiguo que cogió al azar, apenas dejarlo, manos ansiosas lo cogieron enseguida y lo adquieron rápidamente. El libro no valía nada, pero como Ortega se había pasado más de diez minutos con él, indagando a saber qué, hicieron pensar al posterior comprador que el libro era excelente. Su precio subió de inmediato. Cómo las gastaba el viejo castellano.

En la década de los sesenta, un día recibió la visita del cura párroco de la población de Onteniente, que le propuso un ventajoso negocio, la venta de lo que hoy en día es conocido como el cancionero musical de Onteniente, un importante manuscrito musical de principios del siglo XVII. Sin ningún tipo de escrúpulos, el cura, en aquellos momentos falto de dinero en su familia, debió encontrar aquel legajo no catalogado en algún armario del archivo y como no era conocido absolutamente por nadie, suponiendo que aquello no le servía de nada, debió pensar que con su venta podía llenar sus bolsillos momentáneamente y solucionar de un plumazo sus terribles problemas financieros familiares. Ortega tampoco vio obstáculo alguno en su venta, todo lo contrario, incluso lo publicitó. Según se desprende de la correspondencia conservada en el archivo de Antonio Rodríguez Moñino, el 21 de septiembre de 1961, éste se interesó incluso por él. Órtega en un alarde de valentonía le comenta que lo considera superior a otros muchos cancioneros musicales, como el de Claudio de Sablonara, el de Turín e incluso «al famosísimo de la casa de Medinacelli». En sus tácticas de negociante ratero, le transmite igualmente que el ejemplar era deseado con anterioridad a su interés por «un cliente de Estados Unidos». No sabemos si creerle o no, pero ni uno ni el otro se atrevieron a realizar dicha compra. El avispado comerciante sabía que más tarde o más temprano alguien se lo terminaría llevando al elevado precio que le había puesto. Como no tenía cliente que pudiera pagar la cantidad que había pensado, lo ofreció al final a dos instituciones importantes, la Biblioteca Nacional de Madrid y la de Cataluña. Al parecer se adelantó en verlo esta última, pues monseñor Higinio Anglés estuvo personalmente en la tienda de la calle del Patriarca, esquina Bonaire. Según me relató personalmente Ortega, cuando monseñor lo vio por vez primera, se le iluminaron los ojos y tras analizarlo se lo puso encima de la cabeza y estuvo danzando por allí más de un minuto con el libro encima de la cabeza, lo que le pareció a Ortega una estupidez completamente ridícula y pueril que le irritó enormemente, pero no dijo absolutamente nada delante de aquella prestigiosa personalidad. Al parecer, las negociaciones que tuvieron lugar después, tras dar cuenta Anglés a sus superiores catalanes, no dieron resultado alguno. Fue finalmente la Biblioteca Nacional de Madrid quien realizó la compra del legajo. Con el dinero recibido, Ortega se compró su piso. El porcentaje que recibió el cura fue el del cincuenta por cien y, como se pueden imaginar, desconozco lo que hizo dicho señor con el dinero, tapar los augueros que tenía, me imagino. Resulta a nuestros ojos increible que lo que era un patrimonio de la Iglesia, y por tanto teóricamente debería ser de todos, aunque no es así, acabase siendo comprado por el estado español y que este tipo de venta se pudiese realizar así como así. y más con una institución estatal. El propio Ortega, con los bolsillos repletos, costeó de una manera especial la comunión de su único sobrino, publicando un pequeño estudio acerca del códice en lo que no deja de ser un folleto bien editado en corta tirada de ejemplares. Según me contó, al final, los pocos ejemplares que le quedaban fueron adquiridos por la investigadora Gretta Olson en uno de sus viajes realizados en los años ochenta.

D. Andrés se enfurecía de todo cuanto escribía José Climent acerca del cancionero en su libro acerca del mismo, me comentaba que todo lo que decía éste de la historia era mentira, y le sentaba fatal que pusiera su nombre en valenciano y el suyo en castellano. Saltaba a simple vista que la relación entre ambos era terrible. Menudas personalidades, tal para cual, dos temperamentos que se incendiaban de momento y echaban más que chispas.

Pero no es ésta la única pieza exclusiva que ha pasado por sus manos, al menos que yo sepa. Más recientemente, una importantísima pieza robada en 1996 pasó un día momentáneamente por su almacén y de ello puedo decir que fuí testigo yo, que casualmente me recibió ese día y quede escondido en la parte interior del almacén, sin que los visitantes se percibieran de mi presencia, porque los hechos tuvieron lugar en la entrada, si bien he de dedir que en ningún momento se atrevió a comprarla. El hecho, si no es desconocido por el inspector Pastor, se lo pasa completamente de largo en su libro. No es este el sitio adecuado para relatarla, cosa que tengo hecha en otra parte.

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