Miguel Picó Biosca

  Miguel Picó Biosca, un hombre sencillo y transparente, de alma noble y de profunda raíz popular, es uno de los compositores que con su esfuerzo, su desinteresada y fructífera labor, ha contribuído a elevar el nivel artístico de la música escrita para las celebraciones de moros y cristianos de la región valenciana. Sus composiciones, de gran impacto popular, han hecho imperecedero su nombre entre los amantes de la música festera, de hecho ha sido, y continúa siendo al día de hoy, uno de los creadores más conocidos. En aquellos pueblos y ciudades que celebran fiestas de moros y cristianos es inevitable alguna de sus obras, y es que desde siempre ha sabido contactar con el público. 

     Miguel nació el 12 de junio de 1921 en un bello y elevado paraje de la sierra alicantina, concretamente en un apartado molino harinero de la Sierra Aitana, ubicado en el término municipal de Alcolecha, que contaba con una importante extensión de tierra que albergaba tres cups. Su ascendencia paterna era oriunda de ese pequeño municipio y la materna del municipio valenciano de Fuente la Higuera y de la zona castellano-manchega. Su padre y su abuelo paterno fueron molineros y propietarios de tierras en la zona mencionada, incluídos dos molinos. Su madre, procedende de una distinguida família por parte de madre, había realizado los estudios de magisterio, aunque no ejerció nunca ese cargo más que en la educación de sus cinco hijos: Vicente, Isabel, Amelia Inocencia, Matilde y Miguel. 

 Durante su más tierna infancia, con apenas unos meses, la família por razones de salud del padre, abandona el molino principal y se traslada a la cercana villa de Concentaina, donde el joven muy pronto dará pruebas de su musicalidad. Miguel comenzó sus estudios musicales siendo muy pequeño de la mano de Enrique Pérez Margarit, director de la Unión Musical Contestana, y de Gustavo Pascual Falcó, ingresando siendo todavía un niño tanto en la banda de música de dicha población como clarinetista, como a su vez en la rondalla «La paloma» que dirigía por aquel entonces Gustavo. Fue éste quien en realidad más tarde infundió en él el amor por la música festera, convirtiéndose ya no solo en su alumno más aventajado, sino en el sucesor y continuador de su obra, siendo reconocido enseguida como el máximo representante de la escuela de composición de música festera contestana de la postguerra.Tras la muerte de Gustavo, el compositor contestano que más ha elevado el nivel de las composiones festeras durante la década de los años cincuenta y sesenta fue Miguel, que siguió el estilo predominante en aquellos momentos. 

     La repentina muerte de su padre, acaecida en 1946, le impide seguir estudiando, razón por la cual no tuvo más remedio que ponerse a trabajar y refugiarse tras el fallecimiento de sus maestros en los libros, convirtiéndose a partir de entonces en un auténtico autodidacta, labor ímproba, ahincada y de una voluntad extraordinaria. 

     A finales de la década de los años cuarenta, con tal de infundir la música en un medio rural completamente aislado, funda en su pueblo natal la banda de música, de la que se encarga de su dirección, consiguiendo rápidamente de la misma un alto nivel que le lleva a ganar dos segundos premios en los certámenes celebrados en las primeras décadas de los años cincuenta en La Villajoyosa (Alicante).

   

   Su amor por la obra de Gustavo Pascual lo plasma desde el primer momento. Gran parte de las obras que Gustavo escribió al final de su vida fueron copiadas y algunas incluso instrumentadas por Miguel, pues aquél confiaba plenamente en su trabajo. Una de sus primeras obras es la coautoría de la marcha mora Buscant un bort (1945), de la que al día de hoy sabemos que, al menos, se hizo cargo de la instrumentación de la misma, tal y como llegó a testimoniar la propia viuda del compositor en varias declaraciones a periodistas. Sin duda, no es la única pieza en la que ambos músicos colaboraron. No habiéndose conservado la instrumentación de muchas de las obras de Gustavo, tras su muerte las rehizo, incluso la del pasodoble Paquito el Chocolatero, tal y como demuestra el manuscrito autógrafo del mismo que data de 1943 y que se conserva en la actualidad en el archivo de la Junta de fiestas de Cocentaina, que hasta la fecha se creía y se ha afirmado que era auógrafo de Gustavo. La instrumentación que se ha venido interpretando del mismo hasta el día de hoy es precisamente aquella. Al aparecer recientemente las particellas originales de Gustavo se ha podido comprobar que existen ligeras diferencias entre ambas fuentes, las dos más importantes acerca de este pasodoble. Asimismo en 1946 terminó dos pasodobles que aquél dejó de manera embrionaria: Bequeteros a rallar Viçent Flores

   Desde 1946, año de la muerte de Gustavo, se encarga de la dirección de la rondalla «La Paloma». Bajo su batuta eleva considerablemente el nivel y la técnica de esta agrupación, prueba de ello son los numerosos premios que obtiene en diversos concursos a lo largo de su dilatada dirección, siendo los más destacados los primeros premios de Santa Pola (1969) y el de Logroño (1972), en el que formó parte del quinteto ganador tocando la mandolina.

    En 1954 accede a la dirección de la banda Unión Musical Contestana, entidad en la que venía ocupando desde hacía algún tiempo el cargo de subdirector y que desarrollaría a su vez con posterioridad a 1967. 

   Desde 1973 hasta 1987 se hace cargo de la dirección de la orquesta Armónica Alcoyana, consiguiendo obtener de la misma un alto grado de calidad, tanto técnica como artística. Miguel Picó ha sido un excelente director, la música ha fluído de sus manos siempre sin esfuerzo, con movimientos elegantes, llenos de frescura, transparencia, luminosidad y espontaneidad. A través de sus gestos precisos, de una gran expresividad, particularmente los de la mano izquierda, impuso con claridad sus intenciones. La crítica siempre resaltó el dinamismo de su batuta así como los resultados conseguidos con naturalidad, el respeto ejemplar a las obras que interpretaba, la energía, la delicadeza, la precisión y la flexibilidad para ajustarse a cada estilo, siempre con nitidez y elegancia.

   Desde el principio su labor compositiva aparece dirigida hacia varios géneros completamente diferentes: el religioso, para el que ha compuesto diversos motetes y piezas polifónicas destinadas a las procesiones de la semana santa contestana; la música publicitaria radiofónica, faceta que desarrolló a lo largo de los años cincuenta y sesenta para diferentes marcas comerciales y en la que tuvo un gran éxito; la música ligera y bailable del momento (fox-trot, boleros, etc.); y finalmente, la música festera de moros y cristianos, género por el que es conocido. Su amplia contribución en este terreno es notable, ya sea por la calidad, como por su inspiración. Deja escritas numerosas piezas festeras, siendo sus obras más destacadas los pasodobles Veinte Bohemios (1950), El Vert (1952), Pepita Picó (1954), Muñoz Cifuentes (1959), Noble Valencia (1960), Juanjop (1967), Miguel Ángel (1967), Fet a posta (1970), Montcabrer (1971), Royel (1971), Serrella (1975), Jover (1978), Guspaf (1979), Javier Vitoria (1982), España en Ronda (1984), Adelantado (1986), Jordi Valor (1986), Alcolecha (1993) y sus marchas moras Moros en el castell  (1946), Dos indios en Sarichangs (1951), Fransemp (1952), El negro Sansón (1954), Ramfer (1968), El President (1970), Als cordoneros (1971), Sergen 78 (1978) y Doctor Cifuentes (1984)

     La mayor parte de sus primeros pasodobles pertenecen al género clásico de concierto, siendo destinados no a los desfiles callejeros sino a la sala de concierto. Por lo general, suelen ser piezas cargadas de dificultades técnicas. Pertenecen a esta primera categoria, por ejemplo, Veinte Bohemios, su primera publicación, El Vert Muñoz Cifuentes. Los primeros pasodobles dianeros, de gran frescura, siguen la pauta tradicional establecida hasta la fecha. Viçent Flores y Miguel Ángel son un ejemplo de ello. El peso de la traditio estará siempre presente en su producción, ya que con él no iban las innovaciones, siempre buscó en sus creaciones la seriedad y la musicalidad. Quizás, llegado un momento y viendo que esta tipología de su producción era rehuída de ser interpretada en los desfiles precisamente por su dificultad, apuesta a partir de la década de los años setenta por pasodobles sencillos con la utilización de destacados elementos de esencia folklórica valenciana, siempre presente en sus producciones de ese momento. Fet a PostaRoyel y Jover pertenecerían a este estilo ya iniciado años antes con Juanjop. De nuevo, en la década de los ochenta apuesta por un pasodoble sencillo, totalmente españolicista con elementos tradicionalistas típicamente andalucistas, aunque sin olvidar en ningún momento el peso de la tradición popular valenciana, tan arraigada siempre en su obra. Lo que ha sido y es del pueblo, le sirve de inspiración y lo devuelve al mismo para que lo disfrute de nuevo en sus celebraciones festivas. España en RondaGuspaf serían pasodobles representativos de este período. Inmerso en este estilo propiamente español, emprende la incursión incluso en la composición de diveros pasodobles toreros, pese a no ser siquiera aficionado taurino. El pasodoble Adelantado, habitualmente interpretado en las plazas del sur de Francia, especialmente en Bayona, puede representar perfectamente  esta faceta de su producción.   

     Miguel Picó introdujo desde sus primeras composiciones importantes innovaciones en las marchas moras tales como la incorporación de toda una serie de instrumentos de percusión de entonación indefinida que hasta entonces prácticamente no se habían utilizado en los desfiles. Del mismo modo introdujo la dulzaina, un instrumento de origen musulmán utilizado habitualmente en el folklore valenciano, que ofrece un rancio sabor moruno que hasta aquel momento nadie había sabido aprovechar y recrear. Igualmente es el primero en emplear en esos momentos toda una serie de efectos sonoros tales como los glissandos en el metal. Sus vibrantes llamadas a cargo de éste son inconfundibles y un sello de identificación de todas sus marchas, caracterizadas por el aire marcial, majestuoso, solemne y lleno de reminiscencias orientales. Sus marchas moras Fransemp y El negro Sansón, dos de sus piezas más logradas, escritas a principios de la década de los años cincuenta, son todo una prueba de ello. Ambas implicaron, pese a seguir los moldes y las líneas tradicionales que se venían practicando hasta entonces, una contribución destacada que fue apreciada desde el primer momento por los festeros y que en la actualidad continúan siendo saboreadas con la misma frescura que el día en el que se crearon.

     En su dilatada carrera profesional ha obtenido tres primeros premios nacionales de composición: un primer premio en el V Festival de Música Festera de Alcoy (1968) con su composición Ramfer, un primer premio en el VII Festival de Música Festera de Alcoy (1970) con su pasodoble Fet a posta, y un segundo premio en el VIII Festival de Música Festera de Alcoy (1971) con su marcha mora El President, una composición que con el tiempo ha calado hondamente entre el público festero, teniendo un gran éxito, probablemente sea al día de hoy su pieza más conocida e interpretada, pues no hay desfile y entrada de moros en la que no suene varias veces consecutivas en distintas filaes.

     El primer Congreso Nacional de fiestas de Moros y Cristianos, celebrado en 1974 en Villena, reconoció en un diploma su «gran labor exaltadora de la música festera».

    A parte de su labor compositiva, Miguel Picó ha ejercido con verdadera dedicación la enseñanza de la música con una apasionada vocación, dejando en la memoria del corazón de un elevado número de alumnos un estimado recuerdo. Ha dado clases incluso en la banda Primitiva de Alcoy y durante su residencia en Valencia, en la banda del municipio de Massamagrell.

      Debe destacarse también su pequeña producción dedicada a la musicología, que sin ser un profesional de la misma, no hace más que avalar la amplitud de sus conocimientos musicales, así como esa dedicación incansable reflejada en la tarea de difundir la cultura musical. Deja algunos trabajos, siendo el más destacado el estudio de la obra religiosa de los hermanos contestanos Miguel y Vicente Crevea Cortés. El afecto que profesó por la música festera le llevó a estudiar el tema de la música en los orígenes de la fiesta, destacando particularmente dos pioneros trabajos: Referencias musicales en las fiestas de Moros y Cristianos de Cocentaina de 1766 y La música en las solemnes fiestas celebradas en Benilloba en septiembre de 1747 según la relación escrita por el doctor Ginés Mira (1727-1798). Reflexiones acerca de la presencia de la música en las fiestas de moros y cristianos durante el siglo XVIII, éste último en colaboración con su hijo. 

     Murió el día 9 de agosto de 1997 en la población alicantina de San Juan. Sus restos mortales reposan en el cementerio de Concentaina.